Entrevista
Entrevista realizada en Radio Pandora (www.radiopandora.com.ar) con motivo de la publicación de “Los Ferrodontes y Otros Cuentos”.
CUANDO UNA MUJER CANTA BLUES
I died a hundred times
Back to black – Amy Winehouse
Cuando una mujer canta blues el músico más virtuoso detiene su canción, los poetas descubren el límite de las palabras, los intelectuales pierden su retórica helada y los machos se bestializan más que nunca hasta dormirse, sin defensa.
Cuando una mujer canta blues exhala orgullo y toda su carne es expresión. Se hace señora de la música y arrasa, a fuerza de emoción, con los muros del prejuicio.
Cuando una mujer canta Blues no arroja penas ni sollozos, representa al grito de la tierra que solo puede manar de su garganta. Se sube al estrado de las deidades y su voz es un llamado ineludible.
Cuando una mujer canta blues todas las copas se llenan de vino y revive el encanto milenario de las sacerdotisas de Bastet, de las geishas y las odaliscas, de Cleopatra y Nefertiti, el de la primera mujer, que salvó al mundo, y el de la última, que otra vez lo salvará.
Cuando una mujer canta blues se transforma en la vida misma que tienta y empuja a respirar, a disfrutar de la fascinación de la belleza y a olvidar las nimiedades de la supervivencia cotidiana.
Cuando una mujer canta blues devela que el mundo, maravilloso y extraño, se nutre del misterio de sus labios y que la esperanza está en sus parpadeos.
Cuando una mujer canta blues el dolor nos da una tregua y el olvido no arroja culpas. Los sentidos despiertan y opacan a la razón, no hay magia ni hipnotismo, todo es instinto y encanto.
Cuando una mujer canta blues la muerte se retrasa, se distrae del reloj y tarda en llegar a destino porque se detiene a escuchar.
OLOR A YESO
Cuando llegué a Buenos Aires mi hambre de literatura me empujaba a recorrer tertulias, encuentros, conferencias y variadísimos mítines. No sabía muy bien que buscaba, no tenía en claro como satisfacer esa necesidad de aprendizaje que se me hacía ansiedad. Revisaba la agenda cultural del diario y programaba el circuito de actividades para toda la semana (bien articulado con los horarios de búsqueda laboral).
Conocí escritores consagrados, asistí a debates interesantes, pero aprendí con muy pocos. Mis maestros siempre fueron un par de tipos geniales que murieron hace tiempo, entre los vivos muy pocos, contados.
Tras varios meses de peleas por sándwiches y copitas de vino, conferencias de repaso de lecturas “imprescindibles” y muestras de bronces lustrados con destino de pisapapeles, percibí el olor a yeso que invadía a los reductos literarios. Yeso de estatua, de pose inquebrantable pese al moho.
Los pocos que me enseñaron algo fueron escritores que compartieron cuestiones de apariencia diminuta pero que ningún conferencista alabado por academia y las elites se atrevió a tratar. Los que me enseñaron utilizaron la crítica despiadada y la lógica del sentido común adquirido por los años. Me entregaron saberes casi gestálticos, a los que desperté solo porque ellos me los mencionaron.
Ya no recorro tertulias, me resulta cada vez más difícil el intercambio de opiniones con transgresores de formula repetida, redundante de tan innovadora.
Tal vez con mi prejuicio castigo a gente interesante, pero el mismo prejuicio me lleva a valorar a los cientos de miles de letradores que no redundan en cafés posmodernos y que viven su pasión por la literatura en medio de la supervivencia que exige dinámica, que no permite poses de artista superador. Las estatuas de yeso se agrietan al ser arrastradas por las veredas de la vida cotidiana, llena de cuestiones que no provocan admiración en los bares de onda. Las enormes promesas y los transgresores que rompen escaleras pero suben por ascensor al cannon están en las tertulias, pero no son los únicos que escriben. Tal vez son una minoría beneficiada con el tiempo y la guita necesaria para ornamentar sus acciones con yeso de apariencia inmortal. No generalizo, hay gente interesante, pero me choco con las estatuas cuando intento verla.
Dejo una escena maravillosa, en la que Chinaski – Bukowski aplica un mazazo al concepto de Escritor. Parece decirnos que él, escritor; yo escritor, solo somos tipos que escriben, que seguimos estando igual que todos: al ras del suelo.
-¡Chinaski!
-¿Sí?
-Venga aquí.
El jefe estaba fumándose un largo y costoso cigarro. Parecía feliz y descansado.
-Este es mi amigo Carson Gentry.
Carson Gentry también estaba fumándose un costoso cigarro.
- El señor Gentry también es escritor. Está muy interesado en la literatura. Le he dicho que usted era escritor y ha querido conocerle. ¿No le importa, no?
- No, no me importa.
Los dos se quedaron allí sentados mirándome y fu¬mándose sus puros. Pasaron unos cuantos minutos. Inha¬laban, expulsaban el humo, me miraban.
-¿Les importa que me vaya?
- Está bien —dijo mi jefe.
(Factotum – Charles Bukowski)
EL MAS CAPITO
Ricardo es un pibe de clase media que, impulsado por algún resabio de rebeldía adolescente, se lanzó a la calle. Los motivos de su decisión pueden haber sido muchos: la búsqueda de aventuras o experiencias o tal vez la intención de probarle algo a su ego. Descubrió que la calle no es siempre una aventura, pero no se atemorizaba, sabía, aún sin confesárselo a su propia rebeldía, que siempre le quedaba la posibilidad de volver, de regresar a su vida de comidas seguras, confort sin excesos y chicas con perfume.
Aprendió muchas cosas, pero seguía mirando todo desde afuera. Se equivocó, su noción de aventura estaba muy lejos de lo que vivió. Se confió, creyó haberlo aprendido todo y se tropezó con el terror que rodea a la mera supervivencia, con el espanto instintivo de saber que cerca en el tiempo, o a unos metros, está el abismo del que solo se escuchó hablar alguna vez.
La supervivencia es muy distinta a la aventura, en la lucha por la supervivencia no hay euforia ni épica, el sonido que prima es el de la respiración. No hay abrazos ni risas, ni siquiera razón, solo un instinto natural, oculto y cruel, que sumerge todo en lo sensorial y en la necesidad de vivir aún a costa de otros.
Le faltaba mucho por aprender y la inconsciencia lo empujó a la boca del lobo. A Ricardo se le terminó la aventura y todo lo que parecía la realidad mutó en pesadilla concreta, palpable…y es imposible escapar, no es un sueño, no hay forma de abrir los ojos, eso que le pasaba, ese horror que se confirmaba con cada palabra, con cada actitud, era verdad.
He visto pocas escenas tan bien logradas: en un monoblock del doke la violencia está presente en el aire. Ricardo ya percibe lo que ellos quieren y ellos saben que él es consciente de todo, pero simulan un rato para hacer más extensa la tortura, para jugar un poco. Actúan mal a propósito, para que el pibe caiga de a poco en el terror. La violencia es el futuro, lo que está latente. Ricardo pide por favor, pero no sabe que pide…no sabe si rogar por el fin de la simulación o para que no lleguen a aquello que quieren llegar.
La escena es de una violencia contagiosa, no hay forma de no sentir la angustia, es imposible no aceptar un sorbo de ese tetra brick, rechazarlo solo significaría mas simulación, más burlas, más palabras espesas.
No hay aventura, no hay diversión, ni siquiera hay drama, todo es una lucha animal, territorial. Al final no está en juego la integridad moral ni psicológica, está en juego la vida. El pibe queda congelado, ausente a golpes y palabras. Solo se mantiene en el piso, sobreviviendo.
Lo que pasa le pasa a otro, no está pasando. Ricardo mira al vacío y pestañea con fuerza, pero es en vano, no despertará.
ESTETICA DEL PERDEDOR
Soy un perdedor. i’m a loser baby so why don’t you kill me?
No es por resentido, pero los ganadores absolutos me causan hastío. El exceso de gloria y la victoria permanente son insoportables. Siempre me interesé por los perdedores, por los segundos, por los últimos, por los que ni siquiera lo intentan. Hay algo misterioso en aquel que mira, desde las sombras, al lejano triunfador. Tengo mucho mas para indagar en el que por algún motivo se queda a un costado. Me gustan más los intentos de los que tropiezan, de los que se encuentran con obstáculos inesperados, de los que luchan contra algún defecto propio que los pone en desventaja.
De chico prefería al retorcido y maltratado Hombre Araña antes que al aburridísimo Superman, amaba las rabietas del Pato Donald y detestaba el liderazgo manchado de moralina que exudaba Mickey; y mis meriendas eran un deleite si coincidían con la emisión de los intentos vanos de ese coyote, enceguecido y febril, enredado en su ansia por atrapar a un engendro corredor. El caso del coyote es paradigmático, nadie pretende verlo triunfar, lo maravilloso reside en sus fracasos. Es un perdedor genial.
Con los libros igual, Aprendí a leer a Maigret, gruñón y pesimista, y me entusiasmaron los cuentos que escribió Ambrose Bierce, abundantes en soldados apenas sobrevivientes, que no sabían de victorias o derrotas. Me cautiva Raskolnikov, envuelto en la lucha interminable contra su mente; o los personajes de Lovecraft, rindiéndose a la locura a causa de horrores que derrotan a la razón humana. Y son mas, son muchos. Los perdedores son el alma de las historias, el componente indispensable para la literatura. Los ganadores se agotan pronto y terminan en la repetición aburrida.
El ganador es, generalmente, carismático y despierta aplausos populares, el perdedor lucha contra la necesidad de preservarse digno, de volver a intentarlo o de hacer lo que nunca haría el victorioso: enfrentarse a su alma y tomar la decisión de abandonarlo todo, de cambiar.
El perdedor representa al hombre, al azar, a lo falible. Es el más parecido a todos pero el menos aplaudido y al mismo tiempo es el estandarte de lo singular. El que llega lo hace porque es el mejor (o así lo dispone el mundo), el que queda en el camino tiene algún motivo, una historia especial para contar. Los perdedores son hombres solitarios, contadores de historias, risueños sin compromiso, no tienen que representar nada. Ni siquiera se los puede atar a la ambigua y obtusa noción moderna de “fracaso”. El fracaso y el éxito son un pastiche de situaciones difusas, de condiciones especiales (y enclenques). El mundo es de los perdedores, los victoriosos ganan guerras pero los perdedores reconstruyen civilizaciones completas. Los ganadores gritan, los perdedores son los que, en silencio, otorgan dinámica al mundo.
Charles “Chinaski” Bukowski
Para terminar de enchastrar todo con relativismo, pongo a la historia como variable cruel, con la virtud de tornar, una y otra vez, a las victorias en derrotas y a los fracasos en éxitos hasta fundirlo todo en relatos. Así, los perdedores respiramos y nos conformamos con saborear un poco de la felicidad de sobrevivir, sabiendo que, en las eras del tiempo, a nadie le interesará si ganamos o perdimos, nuestras huellas no indicarán éxito o fracaso, solo remitirán a cuentos, a historias singulares para aquel que quiera escuchar.
ENTRE EL CENTENO
-En este libro no pasa nada
-¿Cómo que “no pasa nada”?
-Eso, que es la historia un pibe malhumorado, que no hace otra cosa que putear
-Si, un pibe de dieciséis años
-¿Y?
-Que en ese libro pasa de todo, ese pibe de dieciséis años está descubriendo que la niñez se termina, que el mundo es un lugar sucio, que las relaciones humanas son un cúmulo de mentiras
-¿todo eso pasa?
-Sí, todo eso. Y lo que no pasa es peor, está latente. ¿No sentiste que la historia destila angustia?, ¿No pensaste que el pibe en algún momento se iba a matar?
-No sé, puede ser

-¿No te impresionó la imagen de un adolescente, apenas crecido, pero ya harto de la vida, sumergido en la mierda, adaptado a la hipocresía?
-La verdad que no
-Bueno, creo que en parte tenés razón, eso es lo bueno del libro.
-¿En que tengo razón?
-En que es la historia de un pibe que se la pasa puteando, y en la que aparentemente “no pasa nada”, aparentemente
-¡Es que no pasa nada!
-Bueno, no vuelvas a leerlo porque puede pasar algo
EXPLOTACION BACTERIAL
Luego de observar la aparente inmovilidad literaria de Mariano, aprovecho para utilizar este espacio y lanzar mi clamor al mundo. Yo, Arturo Knorr, soy víctima de la explotación, soy un negro literario…o peor…soy un mecanógrafo esclavo, un tipeador subyugado por el ego voraz de un pseudo autor que ni siquiera se asume como escritor.
Desde mi nacimiento, el pasado verano, en mi pútrido ycálido piletín, no he dejado de trabajar. Puedo aceptar el cumplimiento de tareas hogareñas como pago de mi manutención y alojamiento, pero la tarea de tipear al dictado de un maníaco de humor cambiante es insalubre, inhumana y antibacterial. Y no crea, señor lector, que mis tareas de tipeo se reducen a las míseras letras de este blog, no. Paso las horas de la noche transcribiendo manuscritos de tipografía enfermiza, con retazos de cuentos, novelas abandonadas y reflexiones pavotas. Mientras tanto, el autor, satisfecho con su mediocridad, duerme. Es insoportable.
Y ni hablar de los cambios de humor, uf…en ocasiones no comprendo como vive en familia…es más, a veces me parece increíble que viva en sociedad. Hay períodos que abarcan varios días en los que el tipo se pasa mirando al piso, anotando garabatos en libretitas y refunfuñando ante cualquier intercambio con otra entidad. Son los momentos en los que busca el cierre de argumentos, la definición de algún cuento o la elaboración de un boceto útil para comenzar alguna novela. Es insoportable.
Hay otros períodos no menos desagradables, el momento de entusiasmo por ejemplo, cuando consigue terminar (en su cabeza) alguna idea y se pone a saltar como un histérico electrocutado. También son habituales los momentos de desencanto: lejos de la exaltación de la concepción y cierre de las ideas, después de aprovecharse de mi capacidad de tipeo, el tipo relee sus sus elucubraciones y le parecen un fiasco (generalmente esta es la instancia más cercana a la realidad), a partir de este momento el hogar se torna un infierno y cualquier acción mínima de las existencias que lo rodean (hijos, gatos, esposa, plantas, conglomerados bacteriales o cucarachas) es considerada una provocación.
También hay momentos de paz, lo admito, pero son aquellos en los que Mariano no está envuelto en resoluciones literarias.
En lo que a mi respecta, estoy podrido, y no me refiero a la reproducción permanente de mis bacterias y microorganismos, estoy harto, cansado de tener que apretar teclas durante horas, prefiero lavar los platos, lustrar muebles, despulgar a los gatos o limpiar el piso (de paso aumento mis ahorros de ácaros y otros deleites).
Quiero poner en aviso a todo el mundo, este es el comienzo. No voy a ceder, no voy a detenerme en mi lucha, quiero ser libre, usted es testigo. Basta de esclavitud, voy a luchar por los derechos de las bacterias, le revolución verde está en camino.
EXPEDICION TERRAZA
Aquella noche me picaba el existencialismo, necesitaba una prueba para dejar una huella humana en el universo. Llovía y el viento golpeaba en las ventanas, me incitaba, me desafiaba. No pude leer, ni dormir. El llamado de nuestros ancestros reverberaba en mi cabeza, pensé en las grandes hazañas humanas, las documentadas y las que se produjeron en la oscuridad proto-histórica. Recordé a los tripulantes de la heroica “Expedición Atlantis”, aquellos expedicionarios argentinos que en 1984 cruzaron el atlántico en una balsa sin motor ni timón.
La tormenta acic
ateaba el orgullo, los hombres vestidos con pieles aullaban a la luna, me exigían una ofrenda, una demostración..además tenía la carne comprada y ya no la podía conservar en el freezer. Me quité la remera, tomé mis herramientas y corrí a la terraza al gritando “¡Que el hombre sepa que el hombre puede!”.
Tomé una lona y armé mi tienda de campaña, el viento puso en riesgo mi empresa, pero conseguí atar la lona y construir un techo. La lluvia me pegaba en la cara, los relámpagos intentaban amilanarme. Estaba decidido, lucharía contra las impiadosas fuerzas de la madre naturaleza, tenía que demostrar que la supervivencia humana era posible, que nuestros ancestros supieron encontrar el camino de la subsistencia con las mismas condiciones que las de aquella noche.
Logré encender un fuego, el calor calmó mi furia, la lluvia todavía pegaba con fuerza en el techo. En la radio había poca señal, pero logré sintonizar un poco de música para apaciguar la soledad en la oscuridad, me pensé en la noche de los tiempos. Estaba solo, con la luz de de un fuego tenue y la música de una guaraña paraguaya.
El fuego cre
ció, volví a casa a buscar provisiones. Ahora todo marchaba mejor. Ya no estaba enfrentado a la naturaleza, teníamos un pacto, el mismo que tenían los hombres que pintaron las cuevas de Altamira, el que tenían los expedicionarios argentinos en el Atlántico. Ellos decían que no desafiaban a la naturaleza, desafiaban al hombre. Yo en mi terraza ponía a prueba la existencia humana en este planeta, esa de la que se ríe el loco Nietzsche.
Pasaron noventa minutos, la lluvia cesó. Volví a mi hogar con la bandeja. Me recibió mi mujer, compañera y señora de la supervivencia.
- Solamente a vos se te ocurre hacer un asado con esta tormenta
- Que el hombre sepa, que el hombre puede…
Salió rico.
QUE SE PUDRA VELAZQUEZ
Noticia: El fin de una lengua (clic para leer)
¿Por que debería hablar con ese estirado de Velázquez?, no tenemos nada en común…ni siquiera la lengua, él habla otro tipo de Ayapaneco, el que hablaban los del otro lado. Nos entendemos y nada más, como se pueden entender dos mudos en medio del gentío. No me pueden obligar, no tengo motivos para acercarme a ese, siempre rodeado de estudiosos, de tipos de la universidad…le gusta ser un bicho raro. A mi déjenme tranquilo, me voy a morir rezando en mi lengua y si nadie me entiende es porque no hay nadie a mi lado. Me entienden mis compadres, los demás son de otro lado, los demás hablan solo entre ellos. Y Velázquez que se pudra, falta que lo metan en una caja de vidrio y que lo saquen a pasear por todo el país. Él tampoco me entiende, aunque hable mi idioma.
Que se muere una lengua, que se extingue una cultura, blablabla…todo se tiene que terminar algún día. Estos tipos de la universidad me quieren asustar, me quieren hacer responsable de no sé que tragedia. Mi gente no existe más, soy el último original y aunque les enseñe a hablar ayapaneco cuando yo muera no habrá ninguno más, solo un par de tipos de lentes repitiendo palabras como loros, para hablar mi lengua hay que pensar como yo, hay que mirar el mundo como yo…hay que nacer a donde yo nací y pertenecer al pueblo al que pertenezco. Cuando me muera se termina todo y no va a haber nadie que llore con sinceridad, a nadie le importa el final de mi cultura, solo quieren quedarse con el lenguaje, para leer documentos, para entretenerse buscando, para imaginar a mi pueblo como ellos quieran, no, no me gusta.
Y Velázquez que se pudra, seguramente él va a colaborar con los tipos de la universidad, pero no va a servir de nada, por él tampoco van a lograr mirar como miro yo, como mirábamos nosotros…que lo abran como a una rana en los laboratorios, no importa. Conmigo se termina todo, y nadie va a gritar, todo lo que nace tiene que morir…y mi pueblo se va conmigo, y que se pudra Velázquez, él no se va a llevar nada, él se va a morir primero.





















