LEER A LOVECRAFT

Afiló la fantasía hasta hacerla más cortante que cualquier realidad espantosa.  Del barro filosófico compuesto por dudas sobre los sentidos de la existencia moldeó a sus seres, y luego los alimentó con las peores sospechas de lo probable, esas sospechas que enloquecieron a Nietzsche. Las fuentes de su literatura y sus horrores son únicas, por eso, leerlo, exige adaptación. Sus abismos son distintos.

Lovecraft no asusta, no atemoriza, pero genera una incomodidad infecciosa que no abandona jamás al lector.  No nos amenaza con la muerte, nos oprime con la posibilidad de vida, de existencias excesivas, gigantescas. Sus dioses son pura vida, se nutren del agua, del aire, del viento, del fuego y nos espanta que ni siquiera se molesten en considerarnos pares. Somos insignificantes ante vidas sin tiempo ni limitaciones.

A nosotros, los lectores de Lovecraft, nos queda la locura, o la salvación por medio de la ignorancia. Tenemos suerte,  la mente humana no puede unir las pistas que el universo nos ofrece, no hay forma de comprender todo aquello que se expresa en significados que no son humanos.  De todos modos es mejor ser cautos: mirar solo un borde de aquello que existe tras los muros de la tosquedad del pensamiento humano significa cegar a la razón para siempre y morar como chiflados durante el resto de la existencia.

Leer a Lovecraft es arriesgarse a quedar presos de una cosmogonía interminable, en permanente movimiento, es asumir la incomodidad a la que en algún momento nos arrojó Galileo, es aceptar que estamos lejos, muy lejos de ser el centro del universo.

 

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Mariano

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