EL HOMBRE SIN SIESTA

¿No estoy fulminado? No, no, éstas cerradas mejillas y mi cuerpo,
de placer sucumben a la antigua siesta del mediodía.
Durmamos…
Stéphane Mallarmé – La Siesta del Fauno

Usa una boina desteñida para evitar la insolación y camina despacio, odiando al mundo y arrastrando una pereza pegajosa que, con el paso de los años, le agrió el carácter. No lo asusta la solapa ni el pombero, no le teme a la iguana ni se deja amedrentar por el viejo de la bolsa.
No duerme siesta porque la odia, y porque alguna vez la adoró. La ambición desmedida, que puede tornar diamantes en carbón, lo enfrentó con la siesta y, atorado en su resentimiento, hoy se dedica a negarla.
El tipo vive en el litoral porque no ha juntado las agallas para dejar su tierra. Seguramente ha pensado en mudarse a la capital, allí donde no existen tiempos ambiguos, donde siempre manda el reloj, pero sigue obstinado en su pelea, jubilado de pena y caminando, sin rumbo, después de almorzar.
Las empresas de marketing telefónico, las que pisotéan a la siesta, lo tienen en sus bases de datos y lo llaman. Lo buscan porque atiende, porque responde e incluso porque compra. Cuando a un vendedor telefónico le toca en suerte la venta en regiones donde la siesta se respeta, recibe también un papelito con el teléfono del tipo. Es un salvavidas al ánimo, cuando el pobre empleado se angustia demasiado ante los insultos recibidos por parte de somnolientos interrumpidos, acude al papelito y llama al tipo para que los superiores puedan escuchar, al menos, una grabación en la que se aprecie el discurso de venta.
No es famoso, es apenas visible. El hombre sin siesta anda refunfuñando, tocando timbres al azar para molestar a quienes duermen. En algún momento fue un comerciante exitoso, pero la ambición lo transformó en el errante delas veredas calientes. Su fracaso nació de una idea, fruto de una elucubración en vigilia. Durante una tarde en la que decidió no dormir para pensar en un modo de ganar más dinero, al tipo se le ocurrió patentar la siesta. Primero se pensó cobrando por la utilización de una marca, por la venta del concepto para aplicaciones comerciales, pero la avaricia lo entusiasmó hasta imaginar un rédito por cada sueñito ajeno, por la utilización de un invento patentado.
El tipo sabía que para ganar es necesario poner capital en riesgo, por lo que se apuró a invertir muchísimo dinero en diseños estrambóticos como taxímetros de siesta para cobrar por cada viajecito onírico, almohadas con sistema de tarjeta de crédito y veladores de auditoría con débito automático y descuentos. Cuando tuvo todo listo viajó hasta el registro de patentes e invenciones, solicitó los formularios de inscripción y se presentó como una empresa novedosa. El inconveniente fue que el registro nacional de patentes funciona en la capital.
Los empleados lo recibieron, a la siesta, con educación, pero con mirada rígida. Esta actitud es habitual, es necesaria la formalidad y la exigencia, no vaya a ser cosa que cualquier tipo, por solo ser creativo, se crea con derechos a dejar de lado la seriedad y los protocolos imprescindibles para el normal funcionamiento de la sociedad.
El hombre sin siesta no pudo completar el formulario ni las especificaciones técnicas, no logró determinar con certeza cuando se considera el inicio y cuando el final de la siesta, tampoco pudo señalar un sitio de aplicación. Intentó explicar que en algunas regiones la siesta tiene más valor que en otras, pero se contradijo al decir luego, que muchos individuos hacen uso de la siesta en poblaciones donde ni siquiera se conoce a la palabra. También le resultó imposible asegurar que solo se realiza en la cama y las dudas le impidieron responder si se trataba de una costumbre individual o colectiva.
Ante el naufragio en ciernes, intentó convencer a los empleados con algunos argumentos de rentabilidad y originalidad, pero finalmente se le rechazó el registro en forma definitiva al no saber especificar si la siesta es un momento o una acción. Cuando el hombre afirmó que “la siesta es siesta aún sin dormir, pero es más siesta si se duerme”, los empleados del registro fruncieron el sello y le mancharon formulario con un sellado rojo y enorme con la calificación de “inconsistente”.
Se volvió de la capital y se descubrió en quiebra. Se afanó en múltiples gestiones para vender los taxímetros de sueño, las almohadas con postnet y los veladores de control, pero todo fue en vano. Durante una siesta calurosa, en un ataque de ira, entregó su inversión al fuego, encargó la gestión de una jubilación magra a su contador y pactó con las ánimas de la siesta. Desde ese día camina y refunfuña después de almorzar.
La condena del tipo no es su acritud indeleble, ni su vida austera. El hombre sin siesta vive en la amargura desde la mañana. Su resentimiento lo ha privado de fuerzas, de ánimo. Cada mañana, cuando el tipo se despierta, comienza un martirio que solo termina a la noche. El día se le aparece enorme, ya no puede contar con la esperanza fortalecedora que significa saber que, pese al frío, el calor o los desafíos cotidianos, al menos un rato, va a poder dormir la siesta.

SIesta-OK

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Mariano

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